jueves, 24 de septiembre de 2015

La tía Agustina

No hace mucho fui consciente de que, últimamente, estoy dedicando en este espacio más requiems de los que eran habituales. Como bien nos explicaron en nuestros días de colegio, las personas envejecen y mueren. Es el ciclo final de lo que llaman ley de vida. La puñetera vida.

Durante muchos años fue para nosotros, de carácter obligatorio, la visita a casa de la tía Agustina cada vez que acudíamos al pueblo. Nos acostumbramos a su voz aguda y a hablar con ella en voz alta porque tenía problemas de oído. En los primeros años de nuestra vida, nuestra abuela siempre nos esperaba sentada en una hamaca, en el rincón de la derecha de la salita de estar, y nos contaba sus anécdotas con voz pausada. Entonces, la tía nos sacaba un vasito de Konga y algunos cacahuetes. Pronto aprendimos a quererla como la mujer entrañabale que era.

A medida que fuimos creciendo nos fuimos convirtiendo en jóvenes despegados. De vez en cuando acudíamos a visitarla instigados por nuestra propia conciencia y por las palabras apremiantes de nuestra madre. Nosotros no éramos del todo conscientes, pero la tía Agustia iba envejeciendo y nosotros veíamos pasar la vida a través de sus palabras. Poco a poco se fue encorvando, fue necesitando una garrota y se fue acomodando cada vez más en su viejo sillón de paño.

La ley de vida se cumplió hace poco más de un mes. Un maldito ictus y la tía se nos fue para siempre. No se marchó sólo una mujer, si no una de aquellas heroínas de postguerra que hubieron de lidiar contra el hambre y las necesidades para salir adelante y ayudar a hacerlo a sus cuatro hermanos menores. Gente como ella son los verdaderos ídolos de la vida. Empeñados como estamos en fabricar ídolos de cartón piedra, olvidamos que, gracias a las gestas de la gente común, hemos podido alcanzar este estatus de libertad que hoy nos aploma el alma.

El destino me dejó una oportunidad para decirle adiós. No hacía mucho que Manuel y yo nos acercamos a su casa para volver a escuchar esa voz tan peculiar. En aquel momento no éramos conscientes de que jamás volveríamos a pisar aquella casa. Jamás volveré a tener la sensación de entrar en la salita y volver a ver a la abuela en su vieja hamaca, haciendo ganchillo en su rincón.

jueves, 10 de septiembre de 2015

Patriotas

España, al contrario que Roma, sí paga traidores. Son traidores aquellos que viven con fachada de patriota pero destruyen el estado de bienestar sin remordimientos y, en la mayoría de los casos, eluden sus responsabilidades impositivas creando empresas pantalla y cuentas en paraísos fiscales para conseguir que su dinero se quede, íntegro, en su bolsillo. Ningún duro para el estado. Ese estado de cuya palabra llenan tanto la boca. Curiosa manera de ser patriota.

España es ese país donde sus políticos no dan explicaciones. Donde su único ejercicio es el de juntarse cual rebaño de ganado y votar, con la cabeza baja, lo que dicta su líder. Donde el partido y sus intereses están por encima de las personas. Ninguna diserción, ninguna voz en alto, ningún ejercicio de democracia. Curiosa su manera de ser patriotas.

Los patriotas de lo ajeno buscan el beneficio propio sin pensar a quien pisotean, presentan contabilidades opacas con descaro y sin vergüenza, no dejan que nadie les afee la conducta porque para ellos no hay más verdad que su propia mentira. Falsean cifras, hablan desde la comodidad del mercader sin escrúpulos y si salen a dar la cara es para demostrar que la tienen más dura que el hormigón armado. Si su único fin es el de enriquecerse a costa de los demás, entonces no son patriotas. Son delincuentes.