Cuando, el día catorce de febrero de
1951, "Sugar" Ray Robinson y Jake Lamotta subieron al ring para
enfrentarse por sexta vez, ambos sabían que aquel no sería un combate
más en sus carreras. Las gradas del estadio Olympia de Detroit estaban
alborozadas, no quedaba un asiento libre y los espectadores clamaban por
ambos boxeadores como si el mundo se dividiese en dos: el bien y el
mal; Robinson y Lamotta. Lamotta, el mejor perdedor de la historia, era
el campeón, y Robinson, el mejor boxeador del peso medio, era el
aspirante. Un combate a vida o muerte, una enésima revancha y en juego,
más allá de un cinturón de campeón del mundo, había un orgullo, una
reputación y un lugar escrito en oro en el libro de la historia del
boxeo.
Los ojos de Robinson bebían sangre. Era un boxeador ambicioso, imparable
en el mano a mano, rápido, estilista, vistoso, un espectáculo para los
aficionados. Los ojos de Lamotta bebían odio. Igual que Rocky Graziano,
Lamotta estaba marcado por el odio; había llorado lágrimas de sangre,
había sudado un mar de lágrimas y había vivido más vidas que un gato. Se
miraron a los ojos, se odiaron con la mirada y esperaron en el rincón
el momento del gong. La campana marcaría para siempre sus destinos.
Giacobbe Lamotta, Jake para todo el mundo, nació en el corazón de Nueva
York un caluroso día de verano de 1922. Pronto descubrió que la vida y
el mundo no regalaban nada. Sus padres, sicilianos de nacimiento,
buscaban en la capital del mundo la oportunidad que Philadelphia les
había negado y encontraron en el Bronx un techo donde vivir y un trabajo
donde ganar los dólares suficientes para llevar un pedazo de pan a
casa.
El pequeño Jake era bajito y cabezón, testaduro, flaco y algo debilucho.
Quizá por ello, los niños del barrio se cebaban con él propinándole
fuertes palizas mientras jugaban a las peleas callejeras. Su padre no
tardó en proporcionarle un arma y le dio un viejo consejo siciliano "o
aprendes a defenderte o acabarán por matarte". Vida o muerte, aquello
era el Bronx. Tras los primeros pinchazos asestados con el picahielos
que le regaló su padre, los niños empezaron a respetarle; el flacucho
iba en serio. Pero pronto aprendió, que el verdadero respeto se ganaba
con los puños. La primera gran paliza se la proporcionó a su hermano
Joey el día que le vio flirtear con su primera novia, pero fue la paliza
asestada al librero Harry Gordon la que le atormentó durante gran parte
de su vida.
Gordon, quien regentaba una librería en un callejón del Bronx, se
disponía a cerrar su negocio cuando vio llegar a un jovenzuelo corriendo
directamente hacia él. "Está cerrado", le espetó. Pero el chico no
venía a saludar y, mucho menos, a comprar libros. Era Jake Lamotta
quien, armado con una barra de acero, golpeó incesantemente su cabeza y
no cesó hasta comprobar que había perdido el sentido. Buscó en los
bolsillos de la chaqueta y se llevó la cartera sin comprobar su
contenido antes de salir corriendo. La primera angustia llega en forma
de decepción al comprobar que la cartera no tiene un solo dólar en su
interior. La segunda angustia llegará en forma de impacto al hojear el
periódico del día siguiente: "Matan al librero Harry Gordon en un atraco
y se dejan la recaudación del día que guardaba en el bolsillo delantero
del pantalón". Aquello terminó por superarle. Se consideraba un chico
rebelde, sin muchas aspiraciones en la vida, un ladronzuelo de poca
monta con ínfulas de importancia, pero no quería ser un asesino.
Atormentado por sus propios actos, Lamotta se convierte en un joven
arisco y encerrado en sí mismo, un peligro público que corre demasiados
riesgos sin importarle el peligro. Tras uno de sus numerosos robos es
detenido por la policía y encerrado en un reformatorio. Tenía dieciséis
años y una ficha policial demasiado cargada de delitos como para seguir
dejándole suelto por las calles.
Lamotta siempre pregonó que había tenido dos escuelas: La calle y el
reformatorio. Tras cumplir dos años de prisión y alcanzar la mayoría de
edad, regresa a la calle con intención de redimirse. No le sería fácil;
la mala fama y la depresión económica no le daban muchas alternativas.
Curtido por los golpes recibidos durante su encierro y deseoso de
descargar toda su frustración, se presenta en el gimnasio de Mike
Capriano para aprender lecciones de boxeo. Capriano, perro viejo de la
calle y maestro de más de mil jóvenes, le hace la pregunta más
existencial de su corta vida de pendenciero. "¿Por qué quieres pelear?".
"No quiero, me obligan. Pelear es algo natural para mí". Con esa
premisa se sube al ring y descarga sus puños en sus compañeros de
gimnasio. Su hermano Joey, empeñado en sacarle del agujero, le insistía;
"No lo pagues con el mundo, Jake, descarga tu rabia en el ring. Toda tu
rabia en el ring".
Así lo hizo. Pronto conoció el sabor de la sangre mezclada con el
lilimento y, para sorpresa propia, descubrió que le gustaba. Alternó sus
primeros combates entre el peso medio y el semipesado y alcanzó un
ranking de 14-0-1 en sus quince primeras peleas. Por su forma de fajarse
en el cuadrilátero y su forma suicida de pelear, fue bautizado como el
Toro del Bronx. Lamotta, que seguía atormentado por la muerte del
librero Gordon, se presentaba en los combates con la nariz aplastada y
la voz gangosa buscando intimidar al adversario. Poco a poco se fue
labrando un prestigio hasta caer derrotado contra Jimmy Reeves en Ohio,
en un duro combate que creyó haber ganado de principio a fin. Enfadado
con los jueces y aprendiendo que nadie seguiría regalarle nada, se
volvió más uraño y más duro si cabe. Una roca imposible de derribar. De
esta manera, alcanzó las treinta peleas con un record de 27-4-2. Ya era
un tipo conocido en el mundo pugilístico y solamente le quedaba un paso:
pelear contra el mejor.
La primera pelea contra "Sugar" Ray Robinson tuvo lugar en 1942 en el
Madison Square Garden de Nueva York. Lamotta, descuidado por la fama, se
presentó en el pesaje más gordo de lo habitual y terminó pagando el
sobrepeso en forma de fatiga. Robinson le castigó con su famoso uno-dos y
terminó ganando aquel combate a los puntos.
Aquella derrota supuso un punto de inflexión en la carra de Jake
Lamotta. Avergonzado por su falta de profesionalidad, trabajó a tope
para volver a los primeros lugares del ranking y se citó de nuevo con
Robinson en Detroit el cinco de febrero de 1943. Aquella pelea fue
colosal; Lamotta aguantó en pie el castigo de Robinson y se lanzó a un
intercambio de golpes suicida. En el penúltimo asalto, con las
cartulinas de los jueces echando humo, El toro del Bronx descargó un
gancho de izquierda brutal sobre la mandíbula de Robinson. El ídolo de
masas, el profeta del pueblo negro americano, cayó desplomado a la lona y
se enfrentó sin remedio a la cuenta fatídica de diez. No llegó a
completarse porque la campana sonó cuando el árbitro iba por el nueve.
Pero Lamotta sabía que Robinson no podía seguir teniendo tanta suerte y,
aprovechando su aturdimiento, se propuso castigarle con un último
asalto bestial. Robinson aguantó de pie, pero los jueces impartieron
objetividad y dieron como ganador a Lamotta quien celebraba la victoria
en la esquina mientras Ray Robinson mascaba el sabor de la derrota por
primera vez en su carrera.
La federación de boxeo, viendo el filón económico que suponía la
rivalidad generada entre Robinson y Lamotta, no tardó en conceer una
nueva oportunidad para la revancha. Veintiún días después, y de nuevo en
Detroit, ambos púgiles volvían a subirse al ring para ofrecer un nuevo
espectáculo. Robinson, con la lección bien aprendida por la derrota
anterior, mantuvo a distancia a Lamotta mientras castigaba su rostro con
su rápido uno-dos. Los espectadores que abarrotaban, una vez más, el
Olympia Stadium, se preguntaban cuando llegaría el gran golpe de
Lamotta. No tuvieron que esperar tanto como la última vez; esta vez fue
en el séptimo asalto y de nuevo fue un gancho de izquierda a la
mandíbula. Como si de una mala broma del destino se tratase, una vez
más, a Robinson le salvó la campana cuando la cuenta iba por el número
nueve. Con mucho más tiempo para recuperarse que en el combate anterior,
Robinson se abrazó a Lamotta para dejar pasar el octavo asalto y
recuperó fuerzas para seguir castigando su rostro sin piedad. Los
jueces, de nuevo imparciales, dieron la victoria a "Sugar" por
unanimidad y Lamotta bajaba del ring derrotado en el orgullo pero con
todo el aliento de la grada en su espalda. Había nacido un nuevo héroe.
Envalentonado por el ánimo que le insuflaba la calle, Lamotta siguió
preparándose para ser el mejor. En ataques cada vez más suicidas, fue
sumando victorias y aprovechó el momento para volver a citarse con Jimmy
Reeves. El pequeño toro había cambiado; ahora era más fuerte y no
conocía el dolor. Todo un peligro en el ring. Con el rencor por la
injusticia cometida en Ohio dos años antes aún latente en su orgullo, se
lanzó a por Reeves desde el primer gong y no cesó en su empeño hasta
tumbarle en el sexto asalto. El toro estaba desbocado. Poco después
derrotó a un buen boxeador como Fritzie Zivic y retó a un nuevo combate a
"Sugar" Ray.
En 1945, Robinson y Lamotta volvieron a enfrentarse en dos ocasiones y
en las dos, el vencedor fue Sugar. En cualquier combate, y contra
cualquier rival, aquel Robinson pletórico hubiese finiquitado el combate
en tres o cuatro asaltos a lo sumo, pero pelear contra Lamotta era
distinto. Cuando peleaban contra el campeón, la mayoría de los
boxeadores renunciaban al cuerpo a cuerpo y a menudo sucumbían,
exhaustos, ante su juego de piernas. Robinson era un uno-dos constante,
nunca se cansaba. Pero a Lamotta le divertía aquel juego; cuanto más le
pegaba Robinson, más se crecía en la adversidad. No cesaba de entrar en
la guardia, siempre buscando un golpe, siempre fajándose en el cuerpo a
cuerpo. Robinson ganaba siempre a los puntos pero siempre bajaba del
ring con la sensación de no haberle ganado del todo. Todos caían, pero
Jake Lamotta siempre permanecía en pie.
Lamotta era como una roca indestructible ante los azotes climatológicos.
Se le podía erosionar, se le podía castigar durante un combate entero,
pero él siempre permanecía inquebrantable, nunca doblaba, nunca se
quejaba. Gran culpa de aquello la tenía su inmunidad al dolor; fue él
mismo quien llegó a declarar "Peleo como si no mereciese vivir".
Realmente, él mismo creía que no merecía vivir. Llevaba casi una década
sintiéndose un asesino arrepentido, pero la culpa no le servía de nada,
solamente para sentirse aún más despreciable. Era por ello que creía
merecerse cada golpe que recibía y era por ello que buscaba más y más
golpes en cada pelea. Y era entonces cuando reaccionaba. Necesitaba que
le pegasen, necesitaba expiar cada pecado en el puño de cada rival.
Fuera del ring era aún peor. Atormentado por la culpa, el ídolo de masas
se había convertido en un tipo irreconocible, huraño, agresivo,
irascible. Un matratador que jugaba a los sacos de boxeo con todas sus
parejas, un celoso recalcitrante que necesitaba reivindicarse en cada
combate cada vez que una de sus mujeres le hablaban de lo guapo que era
su siguiente rival. Quien más pago el pato fue Tony Janiro, quien
después de recibir un halago en privado por parte de su esposa Vicky,
recibió una paliza que le mandó al hospital. Cuanto más miraba su cara
bonita, más ganas tenía de destrozársela.
Valiente dentro del ring, huraño y desconfiado fuera de él, Lamotta
juega con su destino el día que rechaza recibir a los matones de la
Mafia. A partir de entonces su vida profesional se convierte en una
tortura; ningún promotor le llama, ningún rival le reta y la federación
parece haber olvidado su nombre. Aconsejado por su hermano Joey, quien
se había convertido en su mánager y único confidente, decide descolgar
el teléfono y hacer esa llamada que siempre quiso evitar. El precio a
pagar será caro. En primer lugar, la Mafia le "invita" a perder un
combate fácil contra Billy Fox a cambio de que algún capo se forre en
una casa de apuestas y más tarde le piden veinte mil dólares en concepto
de gastos de gestión como fianza a pérdida a cambio de un combate por
el campeonato del mundo.
El caso es que la extorsión recibida al final tuvo su fruto y el campeón
francés Marcel Cerdan viaja a Detroit para enfrentarse a Lamotta y
defender así su corona. Nadie debió haber avisado al Cerdan de contra
quién se enfrentaba; Lamotta, ebrio de gloria y rabia, le castigó hasta
que le hizo gritar "basta". Avergonzado por la derrota, Cerdan aceptó
una revancha que jamás se disputaría puesto que el avión que le conducía
de vuelta a los Estados Unidos se estrelló sin dejar ningún
superviviente.
Durante la noche que venció a Cerdan, Jake Lamotta espantó todos sus
fantasmas. El primero tenía forma de cinturón dorado y el segundo tenía
la figura encorvada de un anciano cuyo rostro era igual al del librero
Harry Gordon. Enfundado en su bata de leopardo, Lamotta se dispuso a
recibir a todo aquel que le quisiera felicitar y su respiración se cortó
cuando vió a Gordon ante la puerta del vestuario. Frotó los ojos,
imploró al cielo y estrechó una mano. No era una visión, era el hombre
al que había matado doce años antes en un callejón del Bronx. "No puede
ser, usted está muerto". "No, Jake, no estoy muerto. La prensa se
precipitó y un buen médico me salvó la vida. Y ahora he venido para
perdonarte".
Aquello fue más de lo que pudo haber pedido. Durante los siguientes
meses se dedicó a vivir, a descuidarse y a presumir por el campeonato
obtenido. "Le gusta tanto el cinturón de campeón del mundo que incluso
se lo pone para dormir", llegó a declarar su esposa. La vida ya no era
una jungla en mitad de una tormenta; había motivos para disfrutar y
Lamotta lo estaba haciendo. Tanto que hasta llegó a olvidarse que tenía
obligación de defender su cinturó y que algún día debía volver al ring
para ponerlo en juego.
La primera defensa fue contra Tiberio Mitri, un boxeador italiano que le
llevó hasta el decimoquinto asalto y al que terminó derrotando a los
puntos. La segunda defensa le enfrentó al francés Laurent Dauthuille al
que noqueó en el último segundo del último asalto después de haber sido
dominado durante todo el combate. Y la tercera defensa se produjo el
catorce de febrero de 1951 y enfrente tendría, por sexta vez, a "Sugar"
Ray Robinson, convetido, ya, en leyenda viva del deporte.
En el pesaje previo, Robinson enseñó sus músculos y se bebió de un trago
un vaso de sangre de toro. Era su manera de decirle al mundo lo fuerte
que se sentía y como iba a aplastar a Lamotta en la noche siguiente. Y
la verdad es que los nueve primeros asaltos no dijeron mucho a favor de
Robinson quien rehuyó el cuerpo a cuerpo y se dedicó a bailar alrededor
de Lamotta sin apenas castigar su rostro. Fue en el décimo asalto donde
comenzó la épica. Lamotta, harto de esperar un ataque para pasar al
contraataque, se fajó en cuerpo de Robinson hasta hacerle caer al suelo.
Parecía que el campeón iba a retener su título que las fanfarronadas de
Robinson en la previa no eran más que ínfulas de un tipo subido en una
nube. Pero Ray Robinson no era un boxeador cualquiera, era el mejor.
Saltó enrabietado de su taburete cuando sonó el gong que daba inicio al
undécimo asalto y se cebó con todas sus ganas en el rostro de Lamotta
quien comenzó a manar sangre como si de una fuente se tratara. La gente
aterrorizada ante aquel dantesco espectáculo, prefería tapar los ojos y
gritarle a Lamotta que se tumbase; era imposible que aguantase en pie un
castigo así. Pero Lamotta aguantó los tres minutos del undécimo asalto y
desoyendo los consejos de su esquina, se puso en pie para disputar el
duodécimo parcial. En lo que aún hoy se recuerda como el asalto más
sangriento de la historia del boxeo, Robinson castigó la cara de Lamotta
hasta casi desfigurarlo, pero Lamotta, lejos de caer, incitaba a
Robinson para que no cejase en el castigo. "Vamos, Ray, ven aquí, veamos
si eres capaz de derribarme, vamos", le espetaba. Y Robinson fue, y
siguió pegando y pegando hasta que el árbitro se interpuso entre ellos y
puso fin a la carnicería. Levantó los brazos del nuevo campeón y le
mostró al mundo las virtudes de un boxeador inigualable. Los asistentes
se agolparon sobre la esquina de Lamotta, pero Jake era demasiado
orgulloso como para dejarse amedrentar por una veintena de golpes, se
zafó del mundo, buscó a "Sugar" Robinson y le gritó tan alto que incluso
el pabellón quedó en silencio. "Oye, Ray. No me has derribado. Jamás me
vas a derribar". Jamás volverían a enfrentarse y Lamotta jamás volvió a
ser un boxeador lo suficientemente fiable como para otorgarle la
esperanza de optar al campeonato del mundo.
Al día siguiente, la prensa bautizó el combate como "La masacre de San Valentín". La gente hablaba de un perdedor que luchaba como un ganador, pero poco a poco le fueron perdiendo la fe. Hubo un día que el público admirada a un boxeador valiente, pero tras aquel catorce de febrero, muchos puristas comenzaron a rechazar a un boxeador temerario. Peleado con el libro de estilo y acuciado por la crítica, Lamotta comenzó a gastar su dinero en alcohol y mujeres. Fue una cuesta abajo demasiado dura, una autodestrucción a cámara lenta. Primero le abandonó su mujer y después le abandonó el boxeo. Tras caer derrotado ante Billy Kilgore, decide colgar los guantes y poner fin a su carrera profesional.
La caída a los infiernos le llevó de nuevo hasta la cárcel. Propietario de un club nocturno y desencantado por la vida, inició una relación con una menor de edad que no tardó en cantar la traviata ante la policía poco después de que el propio Lamotta, arrepentido, confesase el amaño en el combate ante Billy Fox. Sin blanca y sin más futuro que una botella de whisky, inicio una breve carrera como comediante al tiempo que veía como la federación de boxeo le borraba, como si de un apestado se tratase, de las listas de grandes púgiles de la historia. Nunca entró en un salón de la fama y sintió un profundo dolor en el alma el día que no fue invitado al homenaje a "Sugar" Ray Robinson. Precisamente él, que había sido el primer boxeador en hacerle besar la lona.
El verso libre del ring se transformó en un adulto tranquilo que aprendió a pedir perdón y a perdonarse a sí mismo. Encontró una nueva mujer, un empleo estable y un bar alejado del mundo donde poder contar su historia a los clientes que le quisieran escuchar. Uno de ellos le aconsejó escribir una autobiografía y el libro cayó en manos de un director de cine. Scorsese pidió contar su historia y Robert de Niro le convirtió en leyenda en la gran pantalla. Tras el estreno de "Toro salvaje", al que había acudido toda la gente que le había importado a lo largo de su vida, y aterrorizado ante lo que había visto en el cine, se acercó a Vicky, su ex mujer, y le preguntó, casi llorando "¿Yo era así?". Vicky guardó silencio unos segundos y recordó los años de tortura. "No", le contestó. "Tú eras peor".
Al día siguiente, la prensa bautizó el combate como "La masacre de San Valentín". La gente hablaba de un perdedor que luchaba como un ganador, pero poco a poco le fueron perdiendo la fe. Hubo un día que el público admirada a un boxeador valiente, pero tras aquel catorce de febrero, muchos puristas comenzaron a rechazar a un boxeador temerario. Peleado con el libro de estilo y acuciado por la crítica, Lamotta comenzó a gastar su dinero en alcohol y mujeres. Fue una cuesta abajo demasiado dura, una autodestrucción a cámara lenta. Primero le abandonó su mujer y después le abandonó el boxeo. Tras caer derrotado ante Billy Kilgore, decide colgar los guantes y poner fin a su carrera profesional.
La caída a los infiernos le llevó de nuevo hasta la cárcel. Propietario de un club nocturno y desencantado por la vida, inició una relación con una menor de edad que no tardó en cantar la traviata ante la policía poco después de que el propio Lamotta, arrepentido, confesase el amaño en el combate ante Billy Fox. Sin blanca y sin más futuro que una botella de whisky, inicio una breve carrera como comediante al tiempo que veía como la federación de boxeo le borraba, como si de un apestado se tratase, de las listas de grandes púgiles de la historia. Nunca entró en un salón de la fama y sintió un profundo dolor en el alma el día que no fue invitado al homenaje a "Sugar" Ray Robinson. Precisamente él, que había sido el primer boxeador en hacerle besar la lona.
El verso libre del ring se transformó en un adulto tranquilo que aprendió a pedir perdón y a perdonarse a sí mismo. Encontró una nueva mujer, un empleo estable y un bar alejado del mundo donde poder contar su historia a los clientes que le quisieran escuchar. Uno de ellos le aconsejó escribir una autobiografía y el libro cayó en manos de un director de cine. Scorsese pidió contar su historia y Robert de Niro le convirtió en leyenda en la gran pantalla. Tras el estreno de "Toro salvaje", al que había acudido toda la gente que le había importado a lo largo de su vida, y aterrorizado ante lo que había visto en el cine, se acercó a Vicky, su ex mujer, y le preguntó, casi llorando "¿Yo era así?". Vicky guardó silencio unos segundos y recordó los años de tortura. "No", le contestó. "Tú eras peor".
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