martes, 17 de abril de 2018

Blas de Lezo

A menudo nos gusta echar mano de los grandes héroes del pasado. Toda patria tiene un símbolo, todo
país tiene su propio fetiche. Con esta manía tan nuestra de despreciar lo patrio o de ensalzar las glosas por encima del orgullo, hemos dejado que personajes ilustres se hayan ido marchando por el desfiladero del olvido.

A Blas de Lezo le llamaban "medio hombre". A los veintiséis años ya había perdido una pierna, un brazo y un ojo. Cojo, manco y tuerto como era fue capaz de rendir cientos de navíos y de defender varios sitios ante el acoso de flotas rivales mucho más numerosas. Se le recuerda especialmente por defender Cartagena de Indias al mando de dos millares de soldados contra treinta y nueve mil unidades inglesas. El arrogante Vernon, almirante inglés que dirigió el sitio, había acuñado monedas conmemorativas con su victoria y hubo de guardárselas a buen recaudo.

El valor, el arrojo y el servicio a su país no le valió a Lezo el reconocimiento merecido. A día de hoy, mientras los libros de historia cuentan la vida de reyes serviles y validos ávaros, han olvidado la verdadera historia de los tipos que mantuvieron a España, durante siglos, en lo más alto del poder. Sea por complejo, sea por precaución, hemos preferido pasar por alto sus vidas antes que homenajear sus gestas.

martes, 3 de abril de 2018

Sábado santo

La familia es el hogar de la memoria. La familia es el punto de reencuentro con uno mismo, el lugar común donde regresan los recuerdos y se conceptúan los planes. Cada sábado santo es una tradición; cada año, como si de una película de costumbres se tratase, volvemos al hogar, a la chimenea, al pote, al hornazo, a la seguridad de sentirse vivos porque en la necesidad de repetir sentimos la necesidad de querer seguir repitiendo.

El sábado santo es familia y es tradición; es un pote de conejo alrededor de una sartén, es una lumbre cercana y unas ascuas para asar chuletas, es una partida de cartas vespertina, un café recién hecho y un hornazo de caganís. Como cada año, volvimos a la infancia para regresar a la madurez. Como cada año, quedó la promesa de una próxima vez donde volveremos a vernos como familia.

miércoles, 24 de enero de 2018

Marcado por la frustración

Los instintos se remueven, a menudo, por temas banales. Todos hemos llorado, alguna vez que otra, aunque fuese en nuestra más lejana infancia, por alguna que otra nimiedad. A menudo por temas elementales y otras, quizá más de las que nos gustaría, por temas tan triviales como un simple partido de fútbol. Un balón extraviado, un reloj sin pila, un castigo inoportuno o una derrota al parchís. Manejar la frustración es una tarea compleja cuando se ponen en liza el orgullo y la ilusión. Cuando uno termina herido y la otra termina en mil pedazos, es cuando damos riendo a los instintos y nos dejamos llevar por la furia.

Recuerdo con nitidez lo que aconteció minutos después de que el Atleti perdiese la final de la Recopa de 1986. Resulta curioso que guarde recuerdo de algo que no está relacionado con el juego cuando apenas recuerdo un par de lances del partido. Sonó el timbre y varios vecinos entraron en casa con el fin de mofarse de mi padre. Si, a mis diez años, aún no tenía muy claro por qué equipo debía tifar durante el resto de mi vida, al menos sí me quedó claro de qué equipo jamás iba a ser.

Puede que por vengar aquella afrenta y por decidir vivir en el escondite de la frustración tras cada derrota, me resulta imposible no acordarme de todas aquellas sonrisas de mofa que he sufrido durante mi vida, cada vez que el Atleti termina un partido con derrota. Será por eso, por la frustración generada y la vergüenza oculta latente, que me cuesta conciliar el sueño más de lo normal en noches como la de ayer. Resulta curioso y reconozco que hasta vergonzante ver como algo tan trivial como un simple partido de fútbol nos puede descompensar el ánimo hasta convertirnos, durante horas, en un ser más huraño de la normal. Y es que a menudo, intentando desconectar de ese monstruo devora conciencias que es el día a día, intentamos escapar hacia el mundo de las banalidades para buscar un consuelo de tontos. Lo malo es que nuestro consuelo de tontos es, para nuestra desgracia, el bien de muchos. Y aunque arrepentidos los quiere Dios, siento que, por más que me refugie en mis propias contradicciones, me costará sacar la cabeza del agujero porque todos nos movemos por pasiones insensatas. Y sin pasión, la verdad, resulta difícil darle un sentido a la razón.

martes, 24 de octubre de 2017

Naufrago en la realidad

A veces soñamos, a veces queremos, a veces imaginamos. Buscamos algo con persuasión, hacemos planes, evocamos la incertidumbre, visualizamos el deseo. A veces miramos al cielo e intentamos rezar, o pedir a un ser superior que sean ciertos los auspicios. Muchas veces buscamos en el interior de nuestra propia miseria para resucitar el ánimo y hacernos creer que sí, que aquello que queremos ocurrirá tarde o temprano.

Pero hay veces que los sueños no se cumplen, que los planes se truncan, que la realidad es una bofetada en la cara. Hay veces que los deseos se pierden en la alcantarilla de la verdad, que otras personas tienen otros planes, que la confrontación te ha puesto de cara a la pared y que allí hace más frío del que imaginabas. Hay veces que el cielo te devuelve una lluvia de verdades, una niebla de ofensas y una tormenta de crueldad. Hay veces que la vida es puñetera. Hay veces que callar no es la opción, pero gritar no es el remedio. Hay veces que tragar es la única manera de calmar el hambre aunque nunca seas capaz de calmar tu sed.

jueves, 7 de septiembre de 2017

Vuelve el cole

Vuelve la rutina, regresa el enfado, la presura, las cenas tempranas, los besos de buenas noches, el
rosco de pasapalabra, los piños, los libros, las risas, las vueltas, el quique y el toto, los recuerdos, las anécdotas, el trapo del sofá mal colocado, la pila de la cocina llena de cacharros, las luces apagadas, las luces encendidas, la soledad, las películas, las series, los madrugones, la báscula, las noticias y los desayunos sin hambre. Vuelve el cole.

martes, 29 de agosto de 2017

No estoy preparado

No estoy preparado. En realidad casi nadie lo está. Los que dicen estarlo en su mayoría mienten y el resto, en realidad, solamente quieren vivir en un mundo paralelo ajeno a los problemas cotidianos. Las personas comunes, los de comida en familia, cena con tomates de huerta y helado a medianoche, conocemos la bendición de los problemas cotidianos. El beso furtivo antes de dormir, la paz interior en las últimas horas del día, la brisa de la mañana cuando la mayor preocupación es la de tener que hacer sin necesidad de hacer nada.

No estoy preparado. Durante días he regalado mi cuerpo al descanso, mi mente a la imaginación, mi ego a la paz, mi palabra a los demás. He viajado, me he mojado, he sudado, he comido, he dormido, he escrito, he leído, me he reído, he soñado, he amado. Y aunque a algunos esto les pueda parecer un camino hacia el abismo del tedio, yo sé exactamente en qué consiste ese puñetero abismo. Consiste en madrugar, en poner el culo en una silla y no levantarse hasta la hora del asueto, y así un día tras otro, y así una vida entera.

Por ello no puedo estar preparado. Porque para ser esclavo, prefiero ser esclavo de mí mismo, de mi conciencia, de mi inconsciencia, de mis vicisitudes. Y sin embargo, pobres de nosotros, nos conformamos con quince días de ilusión mientras seguimos siendo esclavos de la cotidianeidad. Me obligan a conformarme. Me esperan para que me adapte. Pero yo sigo sin estar preparado.

miércoles, 10 de mayo de 2017

Bienvenida, Julieta

Tres de cada cuatro pasos que damos en la vida están marcados por la felicidad. El problema es que
los momentos infelices tienden a ser tan intensos que nos terminamos amargando en un recuerdo imperecedero. Más allá de los logros y objetivos pendientes, cada persona tiene una misión de fe en la vida y no es otra que seguir regalando existencia. Es por ello que celebramos cada nacimiento como un acontecimiento tan sumamente feliz que es capaz de eclipsar a todos aquellos momentos malos que, durante algún instante, se han quedado clavados en la memoria. Es por ello que cada vez que algún ser querido llega al mundo, intentamos recibirlo con el mayor cariño del mundo y acogerlo con la mayor ternura posible. Gracias al milagro de la vida nuestra familia es, desde hace casi un mes, un poquito más feliz. Bienvenida al mundo, Julieta.

jueves, 4 de mayo de 2017

El tío Paco

La muerte es un triste final. Es un puñetero epílogo para una vida que, conscientemente, intentamos disfrutar al máximo más allá de lo que nos permitan nuestras propias posibilidades. Inconscientemente, más allá de nuestros propios límites, vamos dando pasitos de cangrejo hacia ese final que nadie desea y que, siempre, aunque nos pille desnudos y despistados, siempre acaba llegando.

Recuerdo la primera vez que fui consciente de ver mi tío Paco. Es uno de esos momentos que, no se sabe bien por qué, el subconsciente guarda en el cajón abierto de la memoria. Me impactó tanto que se pareciese tanto a mi padre que me causó una gran impresión. El mismo perfil de rostro, la misma estatura y el mismo rictus que ponía mi padre cuando se ponía serio. Y es que el tío Paco era un tipo serio. Pero no en el sentido peyorativo. No era un hombre estúpido, sino que miraba la vida en silencio y se guardaba las sonrisas para quien pudiese merecerlas. Muchas de ellas, aunque concedidas en voz baja, se mostraban en la presencia en cada encuentro en la plaza o tomando alguna cerveza en la barra del bar. Entonces se acercaba y con esa voz tan inconfundible preguntaba siempre por mi padre porque el cariño verdadero, aunque no sea un reflejo en la fachada, queda siempre grabado a fuego en la mirada y en el corazón.

Echaré de menos esos encuentros en El Coto a la hora de las cañas. Esos saludos sinceros, la voz firme y la mirada profunda. Echaré de menos saber que fue uno de esos hombres corajudos a los que el destino deparó una prueba de fuego. Hubo de curtirse como un lobo y hubo de hacerse a sí mismo porque fue preso de una época en la que no regalaban ni el aire. Hijo de su tiempo, se fue convirtiendo en un señor a medida que la vida le fue moldeando. Más allá de los hechos queda el recuerdo. Aún sigo escuchando aquellas historias en las que un niño crecía en un monte y miraba a sus hermanos mientras intentaba llegar a ser como ellos. Mi padre se vio en sus hermanos y ahora que falta uno de ellos va sabiendo que el orgullo, además de un sentimiento, es también una consecuencia.

viernes, 24 de marzo de 2017

Múltiple


Andaba Shyamalan perdido en su propia idiosincrasia. Sus ideas originales, por brillantes, le habían situado en el disparadero de la crítica. No fueron muchos los que supieron entender sus historias pero fueron multitud los que se precipitaron para mostrar su burla. El problema fue que, según fue pasando el tiempo, él mismo les fue dando la razón. Enfrascado en relatos legendarios que no llegaban a ningún sitio, el otrora joven genio se fue apagando hasta convertirse, poco a poco, en una caricatura de sí mismo. Pero aquel que tiene la genialidad en la cabeza siempre está en disposición de resurgir. Múltiple ha sido la confirmación del regreso de aquel tipo lúcido, de ideas originales y películas palpitantes que nos enganchó el día que nos hizo creer que había vida más allá del último aliento. Dos horas de cine en una historia contada con detalle, vivida con angustia y rematada con maestría. Serán muchos los que se acerquen para seguir burlándose del ingenio de su director pero los pocos que sepan apreciar su última gran idea se marcharán a casa con la satisfacción de haber disfrutado una gran película.

jueves, 23 de marzo de 2017

Convencer para vencer

La nueva política no conduce al éxito. El error conduce a una muerte lenta. Los malos modos no ayudan al mensaje. Gritar más alto no te da la razón. A los ciudadanos hay que abrirles los ojos, destaponarles los oídos y enseñarlos a hablar con propiedad. Todo eso se consigue con educación porque la ausencia de la misma solamente les da más motivos para seguir vomitando su rabia. Hay que darles motivos para pensar, nunca para odiar. Nunca para seguir odiando. A la victoria se llega convenciendo, no intimidando.